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Los aimaras, la nueva burguesía de los indígenas bolivianos

En la actualidad, vestir el traje tradicional de chola no es solo un indicador de etnicidad, sino también una señal de opulencia. Un traje completo cuesta más de 2.000 bolivianos ($ 900.000).


El Príncipe Alexánder, entre las avenidas Bolivia y Cochabamba, tiene dos salones de fiesta, siete pisos y una cancha de fútbol cubierta en la quinta planta. El edificio, que costó aproximadamente dos millones de dólares, es propiedad del sastre boliviano Alejandro Chino Quispe, quien repite de memoria y sin falsa modestia una historia que le narra a todos los periodistas que lo buscan en la ciudad de El Alto.

Muchos vienen para tratar de entender de qué manera un grupo de indígenas aimaras ha sido capaz de amasar en pocos años fortunas tan grandes como para construir magníficos palacios, como el suyo, que dejan a cualquier visitante sin palabras.

“Soy originario de Achacachi, en la provincia de Omasuyos, en el departamento de La Paz. Empecé como ayudante de sastre a los 14 años y siempre he trabajado junto a mi familia, hasta llegar a ser uno de los modistos más exitosos del país. Visto a funcionarios, embajadores, militares, folcloristas y viajo a menudo a eventos internacionales para representar a Bolivia”, precisa el sastre. Y explica cómo fue la construcción del Príncipe Alexánder.

Desde la terraza del edificio se ve una alfombra de casas de ladrillo color tierra, en la que sobresalen arco iris de edificios con espejos en las ventanas. Esos son los tesoros que esconde la ciudad y que la están convirtiendo en un atractivo turístico de La Paz.

El Alto es una ciudad relativamente nueva. Se edificó hace tres décadas alrededor del aeropuerto internacional que tiene el mismo nombre, por ser la terminal aérea más alta del mundo (ubicada a 4.008 m.s.n.m.), y que presta sus servicios a la capital boliviana, pues se encuentra a solo 14 kilómetros de La Paz.

El Alto es un sitio de asentamiento de indígenas de diferentes zonas rurales del país y junto con la capital conforman el área urbana más poblada del país, con 1’613.457 habitantes, según el censo del 2012.

Pero mientras que La Paz, sede del Gobierno, es una ciudad bulliciosa y llena de encanto, que está haciendo un gran esfuerzo para regular el tráfico, educar a su gente y embellecer su centro histórico, El Alto no es, al menos en apariencia, más que una extensión amorfa de urbe.

El lugar deja en evidencia una incontenible reproducción de edificios bajos y desaliñados y sufre las inclemencias de un tráfico irrespetuoso, en el que un río de carros toca las bocinas incesantemente y donde hombres, mujeres y niños parecen enjambres de hormigas que se mueven en todas direcciones.

Es imposible entender a dónde van y por qué lo hacen con tanto afán, pero está claro que en El Alto el tiempo siempre es insuficiente, el agotamiento y el estrés no están permitidos y el descanso se considera delito. No obstante, este escenario infernal fue el terreno fértil para que la creatividad y la imaginación pudieran proyectarse a través de una escuela de arquitectura original y perturbadora, liderada por el arquitecto de 40 años Freddy Mamani Silvestre, y que en menos de una década ha cambiado la cara de la ciudad dándole un alma y una identidad.

Cuando lo veo por primera vez, Freddy Mamani está en una rueda de prensa, rodeado de micrófonos y cámaras. Entonces anunciaba el evento Expo A4: Arte y Arquitectura Andina en El Alto, que se llevó a cabo en marzo pasado y en medio del cual se presentó un despliegue de toda la cultura alteña. 

Tiene una camisa arrugada y lleva zapatos de suela gruesa, no usa anteojos de moda y no tiene en el bolsillo una pluma Montblanc siempre lista para trazar un boceto en una servilleta.

Es un hombre sencillo que en ha logrado superar con su fama no solo las fronteras bolivianas, viajando a Argentina, Chile y Las Vegas para hablar sobre su estilo arquitectónico, ecléctico y sorprendente, sino tal vez las de su propia imaginación.

La casa de Olimpia Cóndor, por ejemplo, se llama Crucero del Sur, porque ella y sus hijos la querían parecida al Titanic. Al mirarla desde fuera, justo en una esquina, parece un gran barco listo para surcar las olas en la tormenta hacia una salida al mar que Bolivia siempre quiso y nunca ha conquistado.

Joaquín, uno de sus siete hijos, cuenta: “Mi madre cose ponchos de vicuña y quedó viuda hace muchos años. Para construir este edificio cada uno de nosotros, los hermanos, puso un poco de dinero para ayudarla. Queríamos un lugar agradable para estar con la familia, no para alquilar a otros”.

Olimpia tiene 63 años, pero el aspecto y la expresión de una niña: redonda, menuda y con dos largas trenzas que le llegan al cinturón. El salón de su casa tiene los mismos colores de la falda que viste.

“La paleta de colores azul/amarillo y verde/naranja que utilizo –cuenta Mamani–, viene de la cultura precolombina tiwanaku y se encuentra en los tejidos de las cholas. Las formas dibujadas representan animales y objetos de la mitología, como el cóndor andino, la mariposa, la araña, la antorcha”.

Pero si nadie puede negar la fascinación que causan estos edificios que parecen de Las mil y una noches, no es fácil entender cómo personas aparentemente modestas y humildes pueden permitirse casas tan lujosas, iluminadas por candelabros ostentosos importados de China y que valen hasta cuatro mil dólares.

“Los aimaras no persiguen una acumulación piramidal de dinero –explica Jorge Viaña, sociólogo del Centro de Estudios Sociales de la Vicepresidencia de la Nación–. Ellos están más relacionados con las redes familiares, las alianzas. Su costumbre es moverse, cambiar, emigrar. Gran parte del comercio que manejan es informal: ropa, frutas y verduras, refrigeradores, automóviles. Es raro que paguen impuestos sobre sus ganancias y casi nunca ese dinero termina en los bancos”, agrega. Pero este aspecto que hizo que los aimaras fueran como parias, excluidos por las instituciones e invisibles para el sistema ha cambiado.

Economía informal

En la investigación Hacer plata sin plata, de Nico Tassi, doctor en Antropología de la Universidad de Londres e investigador sobre economías populares en La Paz, se subraya que entre 2004 y 2012 los depósitos bancarios de este grupo social se multiplicaron por cuatro, al pasar de 2.559 millones de dólares a 9.983 millones. Mientras, en el mismo periodo, la cartera crediticia se disparó de 2.420 millones de dólares a 7.612 millones”. “En Bolivia, las prácticas económicas indígenas e informales permanecieron durante décadas invisibles a la mirada de la teoría económica y ajenas al interés de los investigadores”, escribe Tassi en ‘El desborde económico popular en Bolivia. Comerciantes aimaras en el mundo global’.

“Las instituciones dominantes –el Estado y las élites urbanas letradas– asociaron a los actores indígenas y populares con la informalidad, la falta de educación e higiene, la marginalidad social y el atraso civilizatorio, lo que contribuyó a invisibilizar aún más sus prácticas económicas. A su vez, la exclusión de estos sectores de la economía formal, su discriminación y su limitada movilidad social alimentaron el rechazo a los procesos de integración vertical o a los códigos y hábitos de la burguesía dominante, lo que explica la búsqueda de formas deliberadamente distintas de manifestar el estatus y expresar el ascenso social”, dice el texto.

“Deberíamos haber venido a ver lo que estaba pasando aquí hace diez años”, admite una chica antes de subir al autobús que transporta a algunos visitantes de la Expo A4. “Deberíamos haber sido más curiosos y menos esnob”, añade.

La organización de la jornada es impecable y comprende la recogida de los participantes en algunos puntos estratégicos de La Paz, el viaje hasta El Alto, una sesión inicial en el Príncipe Alexánder para un rápido vistazo de la exposición de fotografías en blanco y negro sobre la arquitectura de Mamani y luego la visita de dos horas a los edificios emblemáticos de la ciudad; seguida por desfiles de moda, espectáculos de cocina y música.

Entre el público hay muchas señoras vestidas informales pero elegantes. Son parte de la clase media o media alta que hasta el ascenso de Evo Morales a la presidencia de Bolivia gobernó el país, y que tienen sangre española en sus venas, han viajado y han vivido en el extranjero.

Residen en la zona sur de La Paz, lejos del centro y del caos. Los indígenas las llaman con desprecio kharas para indicar su piel blanca y el papel de liderazgo que han ejercido.

Carla Berdegué es una de ellas, que recién regresó a su país después de vivir más de dos décadas en Caracas. Durante el recorrido que propone Expo A4 habla de las impresiones que le dejan las construcciones que están naciendo en El Alto.

“Para mí, estos edificios son de total mal gusto, pero estas personas representan la nueva sociedad boliviana. Nuestro país ha cambiado y hay que aceptarlo. Mi hijo se casará en uno de estos salones y tal vez con una chica aimara que viste de pollera”.

Para el sociólogo Jorge Viaña, “lo que está ocurriendo en Bolivia es un fenómeno que ya estaba en camino, pero que la llegada al poder de Evo Morales aceleró. Somos un país muy lento y demasiado pacífico, la esclavitud en Bolivia fue abolida solo en 1952. Hasta entonces, los indios no eran siquiera considerados ciudadanos, eran discriminados y esclavizados”.

Hoy, sin embargo, continúa Viaña, esto se está superando y los aimaras ya no se sienten excluidos, incluso son algunos blancos mestizos de clase media o de los que denuncian discriminación.

“Ahora muchos lugares, como las instituciones públicas, están ocupados por aimaras, que tienen una especie de prioridad, ya que están más cerca del presidente y de los hombres de su partido, el MAS. Cuando estábamos luchando por una sociedad más justa y democrática era esto lo que queríamos, ahora no podemos volver atrás”, dice.


CLAUDIA BELLANTE

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