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Chola por un día, en masiva fiesta folclórica en Bolivia



Marlene, Gladis y Marisol visten igual que cualquier joven de clase media, pero lucirán coloridas polleras de múltiples pliegues, mantas repletas de brillo y largas trenzas para confundirse entre miles de cholas en la fiesta boliviana de Jesús del Gran Poder.

Ellas, como cientos de mujeres, serán cholas por un día, imitando a indígenas y mestizas del altiplano, cuya figura de trazos redondeados por sus abultadas faldas sobrepuestas y sus mantas es todo un ícono de la creciente presencia de lo “originario” en la vida cotidiana de Bolivia.

El desfile o “entrada” folklórica del Gran Poder, fiesta folclórica de los Andes bolivianos incluso más grande que el famoso Carnaval de Oruro, se apoderará de gran parte del centro de La Paz el 18 de junio.

La tradición religiosa-pagana, que se replica en centenares de pueblos donde la fe religiosa se funde con folclore, ha resultado fortalecida desde que el indígena aymara Evo Morales llegó a la presidencia en 2006 y se ha convertido en millonario negocio de artesanos y fabricantes de cerveza.

Las citadinas que personifican a mujeres de origen indígena son conocidas como “Cholas transformers”, y bailan en el ruidoso desfile callejero de más de 15 horas, presenciado anualmente por casi medio millón de personas.

“Es un orgullo decir que soy parte de esta representación cultural tan maravillosa y más aún decir que, aunque por un día, soy una chola boliviana que se impone con su baile y atuendo”, dijo Gladis Lecoña, una universitaria de 22 años, bailarina de la morenada, la danza más cadenciosa y popular del festejo.

Gladis será una de los más de 30.000 bailarines que han estado ensayando durante más de seis meses distribuidos en 60 grupos de morenadas, caporales, tinkus, llameradas y otros bailes andinos, al son de gigantescas bandas de instrumentos metálicos y de percusión.

Según la tradición, en la “entrada” sólo participan quienes hacen la promesa de bailar tres años seguidos por devoción al Jesús del Gran Poder, cuyo templo está en una barriada donde enormes salones de baile se apretujan con galerías comerciales en las que florece el contrabando de electrodomésticos.

“Me gusta ser chola aunque sólo sea una vez al año, porque creo que es parte de la raíz que todas las bolivianas tenemos y debemos valorar. No es un disfraz sino una forma de rendirle respeto a mi cultura en esta fiesta”, dijo Marlene Quispe, de 21 años, también universitaria.

Para el presidente de la poderosa Asociación de Conjuntos Folklóricos del Gran Poder, Fernando Valencia, el hecho de que cientos de jóvenes citadinas vistan como cholas es un “fenómeno” que “rescata lo que uno verdaderamente es, porque estos trajes identifican a nuestras madres”.

Gladis manifestó que la belleza de las jóvenes que usan las largas polleras es uno de los aspectos que más atrae a espectadores bolivianos y extranjeros.

“Nuestra alegría, la elegancia de la ropa y las joyas de oro resaltan y logramos dar un máximo valor a nuestra entrada conocida ya en todo el mundo”, dijo Gladis.

Marisol Velásquez, ingeniera civil de 36 años y veterana bailarina de Gran Poder, comentó que las “cholas transformers” son ubicadas en los costados de cada grupo de baile “para que atraigan la mirada de los solteros y contagien de su alegría”.

“El amor está presente en esta demostración, porque somos la atracción y las miradas están puestas en nosotras”, aseguró la bailarina.

OSTENTACION, SEGURIDAD

Para estar en los lugares destacados del grupo folclórico, estas cholas jóvenes deben estar bien uniformadas, con los zapatos planos característicos, las polleras, las mantas, el sombrero y sobretodo joyas de oro.

“Cada bailarina tiene puestos aretes, anillos y adornos de oro para los sombreros y las mantas por valores superiores a los 4.000 dólares. La idea es lucir ese día nuestras mejores galas”, dijo Gladis.

Los bailarines, hombres y mujeres, renuevan todo su atuendo cada año, con trajes distintos para los ensayos y el desfile principal, lo que activa un negocio de vestimenta de unos 30 millones de dólares al año, sin contar joyería, según Valencia.

Otro tanto gastan los grupos folklóricos en el alquiler de bandas de música y salones de baile para las incontables fiestas que anteceden o siguen al desfile mayor.

Tanta ostentación tiene un alto costo de seguridad: las bailarinas con más joyas suelen ser acompañadas por guardias privados, cuyos vistosos trajes y lentes oscuros se han convertido en parte del espectáculo.

“Son guardianes que la directiva de nuestro grupo nos dispone para que precautele nuestra seguridad y que ningún antisocial intente llevarse nuestras joyas”, explicó Marlene, probándose la coqueta manta que lucirá en la “entrada”.

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