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Las juanas


Se despierta apresurada, como si fuera un militar convocado por la trompeta. Muy temprano, aún de madrugada, mientras los demás todavía duermen.

Baja de la cama; descalza se dirige a la pileta construida sobre un piso de concreto, que se descascara y tiene unas cuantas rajaduras.

Su rostro soporta el frío del agua, y el viento acaricia su piel, mientras se abriga con una manta de lana y toma una toalla para absorber los rastros de rocío que brillan por reflejo de la luna y los faroles de la calle.

Tirita y respira hondo en tanto sujeta con fuerza la manta que la envuelve el cuerpo entero y retorna a su habitación.

Su cabello mojado y sedoso se desliza en la toalla color verde pradera y mira fijamente su reflejo en el espejo instalado en la parte superior de un tocador de madera. Piensa en silencio y hace ejercicios matemáticos en la cabeza.

No hay tiempo para un café, un té o un mate. Alcanza a comer un pedazo de pan, abrigarse bien y cargar su aguayo antes de dar dejar su hogar, custodiado por su guardián, un perro de pelo claro, y manchas de color café.

La puerta de metal rechina al momento de abrirla, ruido que es opacado por la bocina de un taxi madrugador que dispara sus faroles en el asfalto de la calle. El ascenso comienza.

Observa, a la distancia, la silueta encorvada de una mujer.

—Buenos días, dice casi a gritos.

La mujer se da la vuelta y con una voz ronca y áspera contesta: Kamisaraki Juana.

En las colinas y en el Illimani se observan los primeros destellos del sol y en el asfalto se dibuja las siluetas de las juanas, una más chica que la otra.

Las polleras y las mantas con los largos flecos que se elevan por la fuerza del viento se dibujan con precisión. El sombrero Borsalino, botín seductor de los ladrones, fue sustituido por la gorra tejida.

Esta ausencia no hace mucho en ellas, su identidad la tienen bien preservada.

El historiador Antonio Paredes Candia (+) escribió con gran exactitud en su libro La chola boliviana que “la mujer de pollera es la identidad del pueblo paceño".

“Heredera del mestizaje, voluntariosa, incisiva en su parla cotidiana y melosa cuando tiene interés de obtener algo, es el alma de su hogar y en quien radica la economía de su familia”.

“La chola paceña es mujer que unifica sus cualidades, por ejemplo en su capacidad increíble para el trabajo, en su temperamento”.

Las juanas lo tienen bien claro esto. Se la pasan el día entero entre el viento y los rayos del sol, que sí son rayos en la ciudad de El Alto, tierra más cerca del cielo, como un asadero en primavera y como una congeladora en invierno.

Acomodadas en sus trincheras armadas sobre una tarima y costales de verduras que de rato en rato reciben un golpe para que no se queden "durmiendo" y cumplan su propósito, alimentar, aguardan a los compradores.

Antes de mediodía, mujeres de gran porte corren apresuradas donde las juanas para acopiar los insumos que serán parte del almuerzo, jugosos platos para los comensales que se asoman llamados por el aroma que se expande desde los grandes calderos.

Visten de pollera y lucen vanidosas sus alhajas en las orejas, que sin quererlo se esconden con ayuda del cabello.

En la tarde es hora del descanso. El Sol quema y el paladar se seca, el momento preciso para un jugo o una bebida.

Llegará la noche. Las juanas cubrirán sus trincheras. Se irán como llegaron, en medio de la claridad que da la luna y los faroles de la calle.

Parece un trabajo que nunca se acaba, dice en voz baja una de ellas. Cambio

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