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LA HILARIASHON Desde el Ombligo del Mundo... Por: El Papirri

Ella llegó a mi vida como una bendición, días después mi madre se iba al cielo. Yo había cumplido 13 años pero parecía de 8, flaco, tímido, hipersensible, inseguro. Ella era la típica cholita paceña, con el borzalino en equilibrio, la manta tinturada de diario y otra mas exquisita para el domingo, los aretes dorados colgando en llamerada, un topo de plata unía las prendas, polleras gloriosas aladas en calamina, los encajes de sus interiores inmaculados de decoro, un t’usu sólido y moreno para bailar huayños, para girar y girar con los chutas hasta el infinito. Los zapatitos de miniatura parecían bordados a mano, pancito de miga era su pie sin zapato.
Cholita joven, estudiante del CEMA de la Escuelita Ecuador, se llamaba Hilaria, de apellido Chami, de la zona de Sorata,  lunareja, se reía con todos sus ojitos pues la viruela la había calado; cejas como cerritos, una quemadura cruel le manchaba la comisura del labio izquierdo. Cuando se lavaba el cabello en la terraza, sorprendía la cantidad y calidad de hebras que chorreaban como cascadas tostadas iluminando la mañana. Una camisetita blanca sugería el pezón morado adolescente. Yo permanecía absorto al contemplar la artesanía de las trenzas, la velocidad de sus dedos ensortijándose, el tarareo tierno de sus huayños.
Me había quedado huérfano, mis hermanos se habían casado y se fueron a otra parte, mi padre estaba perseguido por las dictaduras de turno. Aparecía un ratito a resoplos, yo le mostraba la libreta, me daba plata para los recreos, a la Hilaria le daba  su sueldo, algo para el mercado, movilidades, para pagar el colegio y se iba presuroso de nuevo. Algunas veces estaba confinado, otras veces refugiado en el Perú. Cinco años me quedé  con la Hilaria.
-Manuelitoshon, tienes que hacer la tareashon. Después tomamos un tesitoshon, y tienes que ordenar tu ropa para mañanashon, ordenaba dulce. A todo le ponía shon.
En las noches solía dormirme en sus enaguas, me arrullaba con su olor a coca profunda, acariciaba mis rulos, me buscaba pulgas. Lavábamos juntos ropa escuchando aquellas pioneras radios aymaras casi clandestinas de la década del setenta. Así, aprendí a mover el cerquillo en la kullawada, a animar en las morenadas, a silbar tarkeadas, a tejer, a saludar y contar  en aymara, a reírnos  jugando al ludoshon. Fue mi consejera de las primeras chicas, a k’alazos me volvía a la casa cuando me quedaba a huayronquear con mis cuates. Hablábamos también con eco—con ecooo, yaaa. Me enseñó a comer pasankallas en el ex parque de los monos, a tirarnos con naranjas, a volar por el resbalin, a revolcarnos en el sol. Cuando salí bachiller ella me llevo del brazo.
Un día desapareció para siempre, se fue bajando la subida con su bolsita y su paso coqueto, con su tic tac en la pollera. Llovía afuera y también dentro de mí. Por suerte, la democracia había vuelto y mi padre ya estaba en casa. Entonces le dedique mi primera canción, Hoy es Domingo: Alza las trenzas/ deja las penas/ pon tu polleras hoy es domingo/ trae la guagua/ junta naranjas/ pon tus enaguas/ hoy es domingo, Hoy es Domingo/ hoy es domingo/subite al cerro, allí veremos, la ciudad su resplandor…Era el domingo de la Hilariashon, libre de mi, de mis angustias precoces, de mis llantos por la injusticia por no tener madre. Gracias a ella comprendí al sopocachi denso, al del personal de servicio que alimentó mi alma. Gracias a ella amo intensamente a La Paz y ahora escribo alguito. Mi ángel de la guardia tuvo polleras de cholita paceña y se llamaba Hilaria Chami, por eso cuando algunos insultan diciendo chola o indio i mierda yo me encolerizo pues insultan a mi madre adoptiva.
La Hilariashon apareció luego en la canción Alasita, “Es solo ver al plomero, con su titulo de ingeñero…es solo ver a la Hilaria, y el camión que soñó su infancia”, dishendo. En esta Alasita 2011 te la dedico con todo amor.Me gustaría volver a verte, besarte en tus mejillas de heladero, abrazarte dando vueltas por la calesita de tus polleras, treparme por tus jardines de mantas. Me gustaría saber de ti, mama Hilariashon, ojala nos encontremos en algún mercado paceño comiendo anticucho con salsa de maní. Ojala me reconozcas y me digas Manuelitoshon, habías crecidoshon, hasta viejitoshon te habías vueltoshon ¡  Harto te extraño. EL DEBER.

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