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Las damas del volante lidian con choferes rudos y con el hogar


Para las “señoras del volante” no es nada cómodo ingresar a este mundo; a diario, tienen que enfrentarse a sus colegas que compiten rudamente por conseguir un pasajero poniendo en riesgo la vida de las señoras. 

El oficio de choferes de transporte público era un mundo exclusivo de los varones, porque cada vez hay más mujeres que se animan a incorporarse a estas filas para generar ingresos económicos para  sostener a la familia. Si la decisión de hacerlo resulta difícil, es aún más duro mantenerla, pues las señoras deben combatir con la competencia de sus colegas de pantalones, a la discriminación y deben mantener el oficio de amas de casa.
Para las “señoras del volante” no es nada cómodo ingresar a este mundo; a diario, tienen que enfrentarse a sus colegas que compiten rudamente por conseguir un pasajero poniendo en riesgo la vida de las señoras. Proceden al cierre del paso imprevistamente sin “contemplaciones”,  porque están seguros de que las del “sexo débil” no protestarán.
“Los choferes de otros sindicatos nos discriminan, no nos dejan tranquilas, delante de nosotras se ponen, de repente nos cierran el paso. A veces, nos hacen amagues de choques. Juegan con nosotras”, se queja Luisa Porcel del sindicato  Eduardo Abaroa de El Alto.
Porcel, conductora de un minibús de servicio público, cuenta que el peor momento de su vida como chofer lo pasó cuando unos conductores del sindicato contrario la rodearon y le quitaron su disco, acusándola de no cumplir con su ruta. Ese día tuvo que suspender el servicio y retirarse sin lograr ingresos económicos para su familia.

Rompen las prácticas machistas
Además de ingresar a este mundo considerado machista, las damas del volante, aparte de transportar pasajeros, tienen que ir por los niños al colegio o, cuando éstos son pequeños, mantenerlos en el motorizado junto a ella, es el caso de María Justina Tito de 40 años, que junto a ella se encuentra su hijo recién nacido.
María rompió las prácticas machistas, aprendió a manejar su micro a la fuerza porque su marido la abandonó y ella estuvo obligada a manejar su micro. Era el único ingreso económico que tenía para mantener a  sus 4 hijos; el más pequeño (cuatro meses) la acompaña durmiendo a su lado todos los días. 
A veces, los hijos de las conductoras las acompañan cumpliendo el rol de anunciadores, si son mayores de diez años.
En otras ocasiones son los pasajeros quienes las rechazan y deciden bajarse del motorizado porque dicen que conducen lentamente. Otras veces, sufren discriminación de su propio género, quienes las gritan  diciendo que deberían estar en la casa cuidando a sus hijos.
La discriminación
Beatriz Cruz, hace cinco años que es conductora de un micro de trasporte público, tiene dos hijos. Cuenta que las mujeres son las más discriminadoras y los hombres, cuando la ven sentada al frente del volante, no usan su servicio, porque creen que manejará lento, por ser mujer.
Las “damas del volante” reconocen que su lado flaco es lo mecánico, cuando el vehículo “falla” por razones mecánicas o por algún percance en las llantas, recurren al mecánico o esperan ser auxiliadas por sus colegas.
Pero también dicen que hay ventajas, las conductoras se dedican al oficio porque es libre no hay “horarios ni patrones”; les permite dedicarse también a sus hijos y al oficio de la casa. Llegan una hora antes del mediodía a su hogar para preparar el almuerzo. Compensan las horas perdidas trabajando hasta las 23.00.

Así como hay días difíciles también hay días felices y de satisfacción cuando los niños les ponen  como un ejemplo ante sus mamás y muestran admiración a favor de ellas. 
Además, sus colegas de grupo confían en las “señoras del volante” porque -como si les faltasen tareas- les dan responsabilidades como dirigentes del sindicato.
Las mujeres supieron ganarse el respeto y la admiración de sus colegas. Los jefes de grupo las eligen, generalmente, como Secretarias de Hacienda, por ser más responsables y buenas administradoras.
“Son más responsables. Los varones no tenemos la responsabilidad de las damas, esas cosas son vistas en las instituciones con más respeto”, dijo el dirigente de la Federación de los Choferes de La Paz, Rubén Sánchez. Fuente: Urgente.bo

La elegancia de las "cholitas" bolivianas llega a la Gran Manzana




La elegante vestimenta de la "cholita" paceña, la emblemática mujer indígena aimara que es patrimonio cultural de La Paz, se lucirá por primera vez en la Semana de la Moda de Nueva York en septiembre próximo.
La afamada pasarela neoyorquina acogerá las propuestas de la boliviana Eliana Paco Paredes, una diseñadora de origen aimara que viste con mucho orgullo el atuendo tradicional de las "cholitas", conformado por el bombín, la pollera, la blusa y la manta, además de llevar su larga cabellera recogida en dos trenzas.
"Para mí es un sueño hecho realidad porque a medida que hemos ido trabajando, que se proyecte en el exterior esta vestimenta y el trabajo que realizamos es muy importante", dijo Paco a Efe.
La invitación se debe al reconocimiento que se ha ganado Paco a pulso en sus once años de trayectoria, que también le han valido el participar en la Semana de la Moda en Bolivia, celebrada en abril pasado en Cochabamba.
De profesión secretaria, Paco se decantó por seguir los pasos de su madre, Cecilia, quien lleva años en el negocio de la confección y venta de polleras para "cholitas".
Ahora está dedicada al cien por cien al diseño y venta de atuendos para las mujeres aimaras en su tienda, "Diseños Esmeralda", situada en el populoso barrio El Tejar, en el noroeste paceño.
Considerada como el ícono de La Paz, la chola fue declarada en 2013 patrimonio cultural intangible de la ciudad mediante una ley municipal que reconoció que la mujer aimara es "la personificación más cabal de la amalgama indo mestiza, que viniendo desde la colonia ha mantenido algunos indestructibles componentes de identidad e individualidad".
El municipio recordó entonces que si bien el traje de las "cholitas" fue una imposición de la colonia española tras la revuelta indígena de 1781, con los años "devino en una adopción voluntaria de ascenso social por medio de la vestimenta a la que le añadió su creatividad e imaginación femeninas".
Esa creatividad mencionada en la ley edil se hace patente en las nuevas tendencias de los atuendos de las mujeres aimaras en los últimos años, con colores predominantemente eléctricos para las mantillas, enaguas y polleras.
Hasta fines del siglo XX, muchas aimaras optaban por cambiar su vestimenta tradicional por pantalones o vestidos occidentales, por temor a ser discriminadas cuando llegaban a vivir a las ciudades.
Hoy, ese temor es cosa del pasado. Cada vez más "cholitas" llevan con orgullo el atuendo que las caracteriza e incluso algunas han vuelto a sus raíces después de años alejadas de las polleras, las trenzas y el bombín.
"Esta vestimenta da mucha elegancia (...) En vez de que esta vestimenta se pierda, estamos rescatando y estamos fortaleciendo la identidad de la chola paceña", afirmó Paco.
A juicio de la diseñadora, una de las razones para ese cambio es que la moda de la chola paceña no se ha quedado estática, ahora resulta más "coqueta" y atractiva, producto de una fusión entre las texturas que se usaban tradicionalmente con elementos nuevos.
Así, en sus prendas, Paco fusiona textiles bolivianos como la "bayeta de la tierra" (un tejido del Altiplano hecho de lana de oveja) con sedas, encajes, pedrería y lentejuelas.
Las joyas, que pueden ser de plata o de oro, se crean de acuerdo con los detalles tejidos o bordados que se luzcan en la ropa.
"Con mi trabajo quiero transmitir cultura, identidad y que tenemos una calidad de mano de obra calificada en La Paz", señaló la modista aimara, cuyos diseños se venden en Bolivia, Perú, Argentina, Chile y en Barcelona (España).
Orgullosa, Paco comentó que sus prendas fueron lucidas por modelos extranjeras en la Semana de la Moda de Bolivia e incluso, dentro del mismo evento, sus sombreros fueron usados por las maniquíes vestidas por Ágatha Ruiz de la Prada, admiradora confesa de las "cholitas" paceñas, en una sesión fotográfica.
"La experiencia ha sido maravillosa. El poder compartir pasarela junto a ella, el recibir consejos de ella, el intercambiar ideas para mí, como artesana, ha sido muy importante", resaltó.
De su exitoso paso por la Semana de la Moda de Bolivia surgió la invitación para presentarse en las pasarelas neoyorquinas en septiembre, pero además para otros desfiles en Washington y en Toronto (Canadá) en los meses posteriores.
Paco está en pleno desarrollo de la colección que presentará en Nueva York, en la que apunta a mostrar fusiones de "bayeta de la tierra" y aguayo (la tela tejida a mano por los pueblos quechuas y aimaras) con texturas "más suaves".
Consciente de que la Semana de la Moda en Nueva York será una importante vitrina para su trabajo, la empresaria también quiere que se aprecie el delicado trabajo manual de las artesanas bolivianas que dan vida a sus diseños. Los tiempos

Coleccionista crea la “cholita Playmobil”


Esta pieza y otras se exhibirán desde mañana en el museo Juan de Vargas.

Paolo Gabriel Michel Navia sujeta celosamente un  muñeco de Playmobil fabricado  en 1974. De rato en rato, el joven arregla los accesorios del juguete  y dice de forma contundente: "Es el más antiguo de Bolivia. Es una verdadera reliquia”.

De  inmediato, Michel muestra a "la cholita    Playmobil”, un juguete  único creado por el boliviano Enrique Montoya.

La pieza fue elaborada con la idea de enviarla a la fábrica de Playmobil, en Alemania. "Es uno de nuestros proyectos. Queremos enviarla, pero primero vamos a lanzar  un concurso    con los   otros coleccionistas para  buscar otras  propuestas”, contó.

Según el  organizador, "la  cholita Playmobil” fue  adaptada a partir de otro muñeco. "Para  crear este juguete ha usado varias piezas de  la marca del juguete  ”,  explicó Michel, quien contó además  que en la actualidad es difícil comprar estos muñecos  en Bolivia.    

Esta  muñeca  es una de  1.000 piezas de Playmobil, que se presentan  por primera vez en una exposición en  La Paz. La muestra será inaugurada mañana, a las 19:00, en el primer piso del Museo Costumbrista Juan de Vargas.

La exposición, que  estará abierta hasta el próximo 30 de abril,   es organizada por el Club de Coleccionistas de Playmobil Bolivia. Los juguetes  pertenecen  a seis de sus integrantes.

Una de las piezas  más antiguas data de 1974. Se trata de un muñeco buceador. "Antes,  estos juguetes eran fabricados con los brazos y las piernas fijas. Además, tienen la cara pintada”, dijo Michel, quien contó que cada coleccionista se especializa en una temática determinada.  

En la muestra también se observa a los pequeños personajes  sentados y parados en  barcos piratas. A unos pasos se ve a  los muñecos vestidos con trajes  vaqueros y  montando caballos.

El Playmobil es un pequeño personaje de plástico de 7,5 centímetros de altura que  ha sido creado hace más de 40 años. La pequeña figura entusiasta ha conquistado a varias generaciones. Cada año se ha  visto multiplicar sus cortes de cabello, cambiar su ropa o sustituir sus accesorios en tiempo récord. Según los fanáticos, la creación de sus múltiples universos es uno de los grandes secretos de una figura que se ha sabido adaptar a todos los periodos históricos, así como a los cuentos o historias que rodean nuestras vidas cotidianas.

En el fondo de la sala  se encuentra una de las colecciones más grandes de la exposición. Se trata del circo Playmobil,  que incluye animales, payasos y otros. Al otro extremo del espacio  se ven ordenados en un hilera playmobiles atletas   de los Juegos Olímpicos, que tienen una altura de  siete por 10 centímetros. Otra   de las piezas más recientes es  "la  Maléfica de Playmobil”.

Diseñadora Eliana Paco deslumbra en el Bolivia Fashion Week con la Chola Paceña

















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Los aimaras, la nueva burguesía de los indígenas bolivianos

En la actualidad, vestir el traje tradicional de chola no es solo un indicador de etnicidad, sino también una señal de opulencia. Un traje completo cuesta más de 2.000 bolivianos ($ 900.000).


El Príncipe Alexánder, entre las avenidas Bolivia y Cochabamba, tiene dos salones de fiesta, siete pisos y una cancha de fútbol cubierta en la quinta planta. El edificio, que costó aproximadamente dos millones de dólares, es propiedad del sastre boliviano Alejandro Chino Quispe, quien repite de memoria y sin falsa modestia una historia que le narra a todos los periodistas que lo buscan en la ciudad de El Alto.

Muchos vienen para tratar de entender de qué manera un grupo de indígenas aimaras ha sido capaz de amasar en pocos años fortunas tan grandes como para construir magníficos palacios, como el suyo, que dejan a cualquier visitante sin palabras.

“Soy originario de Achacachi, en la provincia de Omasuyos, en el departamento de La Paz. Empecé como ayudante de sastre a los 14 años y siempre he trabajado junto a mi familia, hasta llegar a ser uno de los modistos más exitosos del país. Visto a funcionarios, embajadores, militares, folcloristas y viajo a menudo a eventos internacionales para representar a Bolivia”, precisa el sastre. Y explica cómo fue la construcción del Príncipe Alexánder.

Desde la terraza del edificio se ve una alfombra de casas de ladrillo color tierra, en la que sobresalen arco iris de edificios con espejos en las ventanas. Esos son los tesoros que esconde la ciudad y que la están convirtiendo en un atractivo turístico de La Paz.

El Alto es una ciudad relativamente nueva. Se edificó hace tres décadas alrededor del aeropuerto internacional que tiene el mismo nombre, por ser la terminal aérea más alta del mundo (ubicada a 4.008 m.s.n.m.), y que presta sus servicios a la capital boliviana, pues se encuentra a solo 14 kilómetros de La Paz.

El Alto es un sitio de asentamiento de indígenas de diferentes zonas rurales del país y junto con la capital conforman el área urbana más poblada del país, con 1’613.457 habitantes, según el censo del 2012.

Pero mientras que La Paz, sede del Gobierno, es una ciudad bulliciosa y llena de encanto, que está haciendo un gran esfuerzo para regular el tráfico, educar a su gente y embellecer su centro histórico, El Alto no es, al menos en apariencia, más que una extensión amorfa de urbe.

El lugar deja en evidencia una incontenible reproducción de edificios bajos y desaliñados y sufre las inclemencias de un tráfico irrespetuoso, en el que un río de carros toca las bocinas incesantemente y donde hombres, mujeres y niños parecen enjambres de hormigas que se mueven en todas direcciones.

Es imposible entender a dónde van y por qué lo hacen con tanto afán, pero está claro que en El Alto el tiempo siempre es insuficiente, el agotamiento y el estrés no están permitidos y el descanso se considera delito. No obstante, este escenario infernal fue el terreno fértil para que la creatividad y la imaginación pudieran proyectarse a través de una escuela de arquitectura original y perturbadora, liderada por el arquitecto de 40 años Freddy Mamani Silvestre, y que en menos de una década ha cambiado la cara de la ciudad dándole un alma y una identidad.

Cuando lo veo por primera vez, Freddy Mamani está en una rueda de prensa, rodeado de micrófonos y cámaras. Entonces anunciaba el evento Expo A4: Arte y Arquitectura Andina en El Alto, que se llevó a cabo en marzo pasado y en medio del cual se presentó un despliegue de toda la cultura alteña. 

Tiene una camisa arrugada y lleva zapatos de suela gruesa, no usa anteojos de moda y no tiene en el bolsillo una pluma Montblanc siempre lista para trazar un boceto en una servilleta.

Es un hombre sencillo que en ha logrado superar con su fama no solo las fronteras bolivianas, viajando a Argentina, Chile y Las Vegas para hablar sobre su estilo arquitectónico, ecléctico y sorprendente, sino tal vez las de su propia imaginación.

La casa de Olimpia Cóndor, por ejemplo, se llama Crucero del Sur, porque ella y sus hijos la querían parecida al Titanic. Al mirarla desde fuera, justo en una esquina, parece un gran barco listo para surcar las olas en la tormenta hacia una salida al mar que Bolivia siempre quiso y nunca ha conquistado.

Joaquín, uno de sus siete hijos, cuenta: “Mi madre cose ponchos de vicuña y quedó viuda hace muchos años. Para construir este edificio cada uno de nosotros, los hermanos, puso un poco de dinero para ayudarla. Queríamos un lugar agradable para estar con la familia, no para alquilar a otros”.

Olimpia tiene 63 años, pero el aspecto y la expresión de una niña: redonda, menuda y con dos largas trenzas que le llegan al cinturón. El salón de su casa tiene los mismos colores de la falda que viste.

“La paleta de colores azul/amarillo y verde/naranja que utilizo –cuenta Mamani–, viene de la cultura precolombina tiwanaku y se encuentra en los tejidos de las cholas. Las formas dibujadas representan animales y objetos de la mitología, como el cóndor andino, la mariposa, la araña, la antorcha”.

Pero si nadie puede negar la fascinación que causan estos edificios que parecen de Las mil y una noches, no es fácil entender cómo personas aparentemente modestas y humildes pueden permitirse casas tan lujosas, iluminadas por candelabros ostentosos importados de China y que valen hasta cuatro mil dólares.

“Los aimaras no persiguen una acumulación piramidal de dinero –explica Jorge Viaña, sociólogo del Centro de Estudios Sociales de la Vicepresidencia de la Nación–. Ellos están más relacionados con las redes familiares, las alianzas. Su costumbre es moverse, cambiar, emigrar. Gran parte del comercio que manejan es informal: ropa, frutas y verduras, refrigeradores, automóviles. Es raro que paguen impuestos sobre sus ganancias y casi nunca ese dinero termina en los bancos”, agrega. Pero este aspecto que hizo que los aimaras fueran como parias, excluidos por las instituciones e invisibles para el sistema ha cambiado.

Economía informal

En la investigación Hacer plata sin plata, de Nico Tassi, doctor en Antropología de la Universidad de Londres e investigador sobre economías populares en La Paz, se subraya que entre 2004 y 2012 los depósitos bancarios de este grupo social se multiplicaron por cuatro, al pasar de 2.559 millones de dólares a 9.983 millones. Mientras, en el mismo periodo, la cartera crediticia se disparó de 2.420 millones de dólares a 7.612 millones”. “En Bolivia, las prácticas económicas indígenas e informales permanecieron durante décadas invisibles a la mirada de la teoría económica y ajenas al interés de los investigadores”, escribe Tassi en ‘El desborde económico popular en Bolivia. Comerciantes aimaras en el mundo global’.

“Las instituciones dominantes –el Estado y las élites urbanas letradas– asociaron a los actores indígenas y populares con la informalidad, la falta de educación e higiene, la marginalidad social y el atraso civilizatorio, lo que contribuyó a invisibilizar aún más sus prácticas económicas. A su vez, la exclusión de estos sectores de la economía formal, su discriminación y su limitada movilidad social alimentaron el rechazo a los procesos de integración vertical o a los códigos y hábitos de la burguesía dominante, lo que explica la búsqueda de formas deliberadamente distintas de manifestar el estatus y expresar el ascenso social”, dice el texto.

“Deberíamos haber venido a ver lo que estaba pasando aquí hace diez años”, admite una chica antes de subir al autobús que transporta a algunos visitantes de la Expo A4. “Deberíamos haber sido más curiosos y menos esnob”, añade.

La organización de la jornada es impecable y comprende la recogida de los participantes en algunos puntos estratégicos de La Paz, el viaje hasta El Alto, una sesión inicial en el Príncipe Alexánder para un rápido vistazo de la exposición de fotografías en blanco y negro sobre la arquitectura de Mamani y luego la visita de dos horas a los edificios emblemáticos de la ciudad; seguida por desfiles de moda, espectáculos de cocina y música.

Entre el público hay muchas señoras vestidas informales pero elegantes. Son parte de la clase media o media alta que hasta el ascenso de Evo Morales a la presidencia de Bolivia gobernó el país, y que tienen sangre española en sus venas, han viajado y han vivido en el extranjero.

Residen en la zona sur de La Paz, lejos del centro y del caos. Los indígenas las llaman con desprecio kharas para indicar su piel blanca y el papel de liderazgo que han ejercido.

Carla Berdegué es una de ellas, que recién regresó a su país después de vivir más de dos décadas en Caracas. Durante el recorrido que propone Expo A4 habla de las impresiones que le dejan las construcciones que están naciendo en El Alto.

“Para mí, estos edificios son de total mal gusto, pero estas personas representan la nueva sociedad boliviana. Nuestro país ha cambiado y hay que aceptarlo. Mi hijo se casará en uno de estos salones y tal vez con una chica aimara que viste de pollera”.

Para el sociólogo Jorge Viaña, “lo que está ocurriendo en Bolivia es un fenómeno que ya estaba en camino, pero que la llegada al poder de Evo Morales aceleró. Somos un país muy lento y demasiado pacífico, la esclavitud en Bolivia fue abolida solo en 1952. Hasta entonces, los indios no eran siquiera considerados ciudadanos, eran discriminados y esclavizados”.

Hoy, sin embargo, continúa Viaña, esto se está superando y los aimaras ya no se sienten excluidos, incluso son algunos blancos mestizos de clase media o de los que denuncian discriminación.

“Ahora muchos lugares, como las instituciones públicas, están ocupados por aimaras, que tienen una especie de prioridad, ya que están más cerca del presidente y de los hombres de su partido, el MAS. Cuando estábamos luchando por una sociedad más justa y democrática era esto lo que queríamos, ahora no podemos volver atrás”, dice.


CLAUDIA BELLANTE

Mujeres con pollera desafían los gigantes nevados en Bolivia

Trepan el Huayna Potosí con la facilidad de las cabras. Suben a más de 5000 metros de altura. Contra el viento filoso y la falta de oxígeno, cargan comestibles y equipajes de los escaladores. Mirá el video.

No parecen montañistas, salvo por el casco, los lentes polarizados y los zapatos de grampones. Sin embargo, este grupo de mujeres aymaras escalan la montaña vestidas con sus largas faldas tradicionales de varias capas, mantas de flecos y un atado multicolor al hombro como si fueran de compras.


Preparan la comida para los turistas escaladores y varias de ellas acompañan a sus esposos, que son guías de montaña en el ascenso al nevado Huayna Potosí, a 6.088 metros de altura, cerca de la ciudad de La Paz.

Un día de diciembre, 11 de estas mujeres,entre 20 y 50 años, emprendieron el ascenso acompañadas por The Associated Press.


Con sus dos picos casi perfectos, el nevado es el preferido de los andinistas por su dificultad. Desde su altura, la ciudad de La Paz se acurruca en el fondo de una hoyada, el lago Titicaca a las espaldas junto a la cadena de nevados andinos.

La vista sobrecoge, el viento filoso raspa la cara y falta oxígeno para respirar.


Ellas cargan comestibles y los equipajes de los escaladores hasta el campamento base a 5.130 metros de altura. Desde hace un tiempo van hasta la cima.

"Primero fui porteadora (cargadora), después cocinera pero los turistas me preguntaban cómo era el Huayna Potosí y tuve que subir para conocer y contarles'', dice Domitila Alaña, de 41 años.


Hace 15 años que Alaña trepa los nevados y quisiera ser guía pero carece de dinero para comprar un equipo propio.


"Mi pie es pequeño, no hay botas para mí pero nada me detiene y he coronado cima en tres montañas'', entre ellos el Illimani, dice. "Subir con pollera no es fácil'', dice en referencia a su falta tradicional. "Puedes pisar la punta de la pollera y caer, pero estoy acostumbrada''.

Debajo de las polleras las once mujeres llevan buzos térmicos. Sólo en el último tramo para coronar la cima se quitan sus polleras para evitar accidentes.

Caminan como cabras de montaña, por la cornisa, pero siempre siguen al guía más experimentado Eulalio Gonzales, 54 años, líder desde sus 26. Todos trabajan para agencias de turismo.


El ascenso dura dos días. En el trayecto hasta el campamento base, el grupo pasa por una antigua pista para esquiar, que ha perdido su capa de hielo presuntamente debido al cambio climático.

El ascenso se inicia después de la medianoche para aprovechar la dureza de la nieve y alcanzar la cima cuando el alba despunta.

``El sol agrieta la nieve y es peligroso el ascenso en pleno día'', dice Gonzáles.

``Me gusta trabajar en la montaña y algún día me gustaría escalar el Aconcagua'', dice Llusco.

Seis de estas mujeres, las más jóvenes, sueñan con coronar un día los 6.960 metros de altitud del gigante nevado más alto del continente americano.

(Fuente: AP)
 
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